viernes, noviembre 26, 2004

¡Música, melancólico alimento para los que vivimos de amor!

Llevo días tarareando la misma canción. Y a pesar de eso, me sigue gustando.
Las canciones son entes extraños que nos acompañan en nuestro diario caminar... o estar sentados, de pie, tumbados, correr... en nuestro pasar por la vida, vamos, sea de la forma que sea.
Hay canciones que te traen "recuerdos de otros tiempos" y canciones que consiguen que ciertos momentos se hagan imborrables. Hay canciones que nos ayudan a estar tristes cuando lo necesitamos y canciones que nos levantan el ánimo cuando nos hemos cansado de estar tristes. Sólo hay que cambiar el CD (disco, cassette, emisora de radio... o pedirle a la vecina de al lado que cambie el repertorio, según el caso) y voilà! Tal vez no sea inmediato, tal vez no sea un cambio brusco, pero la magia de la música va haciendo mella.
¿Y todo esto a qué viene? A una frase de Rayuela, de Cortázar (que estoy leyendo ahora) que da título a este post, por cierto. También es que estoy un poco acatarrada (el paseo por Madrid, ya se sabe... qué frío!) y la garganta no me permite canturrear cuanto quisiera. Y se me nota. Se me nota en el humor y en la voz.
¡Música, melancólico alimento para los que vivimos de amor!
Tengo hambre.

1 Burbujas:

A las 3:08 p. m., noviembre 26, 2004, Blogger reuben dixit...

Que bién. Cortázar es como un regalo que te trae el mar(es el mismo mar acá que allá). Pensar que acá lo criticaron cuando se fué, porque "estaba allá". Todo te lo trae el mar, vos cres que lo encontrás pero lo encontrás en la playa.

 

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